Aperos

Hemos creado este Blog, a partir de la publicación on-line del libro "Aperos y Objetos Olvidados", con la idea de compartir con vosotros un patrimonio que con los años se está perdiendo, historias de objetos, historias de costumbres e historias de personas, en definitiva nuestra historia. Un abrazo a todos y esperamos que disfrutéis de su lectura.

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© Jacinto Ruiz Carmona. Con la tecnología de Blogger.
Hace poco os contamos cómo se elaboraba el jabón de sosa, jabón que se utilizaba para lavar antaño en las casas. Por supuesto el jabón se usa y se ha usado siempre para lavar ropa, en la limpieza domestica y en el higiene personal, pero ¿Cómo se desarrollaban estas tareas cuando no disponíamos de las comodidades que actualmente nos brindan nuestro hogares? es esta entrada os mostraremos algunos objetos que se utilizaban y como se hacían estas labores.

Hasta hace no mucho las casas no disponían de lavadoras, ni siquiera de agua corriente, por lo que las tareas de limpieza eran mucho más trabajosas, hasta el punto incluso de derivarlas en gente que se especializaba en ello. Llegó a existir un gremio, el de las lavanderas, que por no mucho dinero o a cambio de viandas lavaban la ropa de sus vecinos. Tarea muy dura y no bien pagada.

Diversos modelos de planchas, algunas de carbón y otras ara calentarlas en fogones.

Cuando no llegaba el agua a las casa, en general  no se solía lavar la ropa en el hogar por razones funcionales y de higiene, únicamente alguna prenda suelta se podía lavar en la pila que solía haber en los patios. Lo más habitual era ir a lavar las ropas y en especial lo que se llama la  ropa de cama a los lavaderos y allí también se “soleaba” para blanquearla.

En muchos pueblos había  lavaderos en las zonas por las que pasaban los arroyos o en zonas cercanas a pozos y albercas. Estos edificios cayeron desuso durante años, pero en muchas localidades, si no se derrumbaron, se están volviendo a restaurar por su valor como referencia histórica, acción que nos parece muy positiva para que se conozca como era la vida no hace tanto. En Almodóvar del Campo no tenemos constancia de que existiera un lavadero público como tal, o por lo menos no quedan restos de él, tan solo podemos encontrar restos de unos pequeños lavaderos en el conocido como el “Huerto Arriba”. También se iba a lavar al “Huerto Silvestre”. Hasta estos lugares se transportaba la ropa en burros o en carrillos, y las mujeres se reunían en ese lugar para lavar. El Huerto Arriba se situaba en el camino que sube a la Santa desde el huerto de Corchado. En la siguiente imagen os mostramos una toma aérea con la ubicación del huerto.

A la izquierda podemos ver la ubicación del Huerto Arriba, situado al Suroeste de Almodóvar, en el camino que lleva su nombre. A la derecha la flecha roja nos indican donde se ubicaba el lavadero dentro de la huerta, hoy en día en ruinas. Se aprecia la estructura redonda de la alberca y las dos rectangulares a su lado que eran los lavaderos.
En la fotografía de la izquierda vemos cómo eran los lavaderos, os cuales estaban divididos en dos partes, ya que en una zona se enjabonaba y en otra se aclaraba. También se aprecia la inclinación de la piedra hacia dentro, donde se apoyaban las tablas de lavar o se lavaba directamente sobre la piedra. A la derecha tenemos los restos de la alberca con la Santa al fondo.

La tarea de lavar consistía en mojar la ropa, enjabonarla, golpearla, frotarla y antes de aclararla se extendía sobre la hierba para “solearla”, de esta forma se conseguía blanquearla. Las prendas se frotaban sobre piedras o sobre tablas que se sumergían, por su parte inferior, en el agua. Cuando las prendas ya estaban limpias y aclaradas se extendían sobre arbustos o tendederos de madera para que se secasen al sol.

Esta tarea podía durar una jornada, ya que se llevaban a los huertos toda la ropa de cama de la casa. Había que dejar tiempo para cada uno de los procesos de enjabonado, soleado, aclarado y secado, y por ello también se convertía en un acto social ya que las mujeres aprovechaban esos días para juntarse, contarse sus cosas y echar unos cantes.
Tabla de madera para lavar la ropa y unos trozos de jabón. La parte curva de la tabla era en la que se apoyaban las lavanderas y la parte de arriba, la recta, era la que se introducía en el agua. Las estrías horizontales servían par frotar mejor la ropa.

Tras el lavado y el secado llegaba la tarea más ardua para algunos y relajante para otros: el planchado. Las planchas más antiguas eran simples piezas de metal con una cara lisa y un mango de madera, que se calentaban encima de la placa de los fogones de las cocinas de carbón. Más tarde se evolucionó a las planchas de chimenea, en cuyo interior se ponía carbón ardiendo, de esta forma no hacia falta tener que estar calentando la plancha en el fuego. La evolución nos ha llevado a las planchas eléctricas y este pequeño electrodoméstico no ha parado de añadir funcionalidades para asombro de sus usuarios.
Planchas antiguas, las que se calentaban en los fogones. Fotografía sacada del libro de aperos y objetos olvidados.

Evolución de las planchas, a la izquierda la conocida como plancha de chimenea, en la parte ancha se metía en carbón ardiendo. La plancha de la derecha es una de las primeras eléctricas, se puede apreciar el enchufe (aunque sin cable) en su lateral.

Antigua tabla de planchar de madera, sólo tenían unas patas que sostenían la parte más ancha, la parte estrecha se apoyaba en una encimera o en una mesa.

En pocas lineas os hemos contado el proceso de lavado, secado y planchado, pero esta tarea doméstica precisaba para su realización a veces hasta un par de días… Con razón mi abuela Eulalia siempre decía que uno de los mayores inventos del siglo había sido la lavadora.


Paseando hace unos días por los alrededores del bonito pueblo de Trujillo, me encontré con un antiguo lavadero. Tras unos minutos viendo la restauración que se había hecho del edificio me vino al pensamiento la labor que suponía el lavar y limpiar la ropa  no hace tanto tiempo. También me vino a la mente el olor del jabón de sosa y recordé esa especie de piedras blancas que de pequeño veía en la pila que había en el patio de mi casa. En esta entrada vamos a recordaros como hacer el jabón de sosa, el jabón de siempre, por si os animais a hacerlo.  
Antiguo lavadero restaurado

Para realizar la acción de lavar necesitamos tres ingredientes, lógicamente la ropa sucia, agua y el jabón.  El agua por si misma no diluye la grasa y por ello es necesario el jabón, cuya composición permite eliminar las manchas de grasa. De eso ya se dieron cuanto los antiguos, pero no es nuestro objeto contaros la historia del jabón, lo que os queremos contar brevemente el como hacerlo. En casa seguimos haciéndolo como antaño, a base de aceite y sosa, paciencia y unas cuantas noches helando. Aquí os dejamos nuestra receta que es bien sencilla, tan solo necesitamos:
  • Sosa caustica 
  • Aceite de oliva, si es usado ha de estar bien filtrado. También puede usarse aceite de oliva u orujo refinado, que es más económico. 
  • Agua 
  • Una paleta de madera 
  • Un barreño de plástico 
  • Un par de frías noches de invierno
En un recipiente de plástico se vierten 4,5 litros de agua y se añade 1 kg de sosa, la cual ha de disolverse removiendo la mezcla con la cuchara de palo. Una vez disuelta la sosa, la mezcla se deja enfriar unas 6 o 7 horas.

Hay que tener mucho cuidado en esta parte porque la mezcla de la sosa con el agua genera una reacción que expulsa calor y se pueden producir quemaduras si se toca la mezcla o nos salpica. Es necesario que durante todo el proceso se utilicen guantes de goma y además hay que tener mucho cuidado.
Sosa ya disuelta en agua y aceite, ingredientes necesarios para elaborar el jabón.

Una vez fría la sosa se van añadiendo en el barreño 4,5 litros de aceite de oliva poco a poco, sin dejar de dar vueltas con la paleta de madera, SIEMPRE EN LA MISMA DIRECCIÓN. Es necesario armarse de paciencia durante este proceso, ya que con unas cuantas vueltas no es suficiente. Para que el jabón ligue nos va a hacer falta una hora y media más o menos de vueltas continuadas. Cuando la mezcla se empiece a poner blanquecina y pesada (espesa) ya esta lista. Una vez terminado el proceso pasamos la mezcla a un molde (en casa ponemos un trapo de algodón encima del molde para que luego sea más fácil desmoldar la plancha de jabón y no se rompa) y la dejamos un par de noches o tres al raso hasta que se solidifique. Os mostramos unas fotografías con el resultado final.
Proceso de mezclado, en la fotografía de arriba la mezcla tras verter el aceite; en la fotografía de abajo tras un hora y media removiendo con la paleta de madera.

Como veis, conforme se va solidificando la mezcla, ésta se vuelve más blanquecina, y una vez ha endurecido ya se puede cortar. No os desesperéis si en la segunda noche aún no esta dura de verdad, esperad un par de noches más, ya que dependiendo del frío y la humedad del ambienten tarda más o menos en endurecerse. En todo caso el jabón resultante no se puede utilizar hasta pasados 40 días.
Planchas de jabón secándose y de jabón cortado en trozos. Antiguamente se cortaba con alambre.

Y con esto aún no nos hemos ido a lavar la ropa, tan sólo hemos preparado el jabón necesario para todo el año, ya que durante el verano el jabón no cuaja y no se puede hacer.
Jabón listo para quitar manchas

Cuando se hace la mezcla se puede añadir alguna fragancia para que nose note el olor de la sosa. Recetas de jabón existen muchas, casi que en cada casa había una. Os hemos presentado la que nos gusta a nosotros que es una de la mas sencillas. Una vez que tenemos el jabón ya no tenemos excusa para no frotar y limpiar las manchas.
Pilas con su piedra inclinada para frotar la ropa en un antiguo lavadero 

  
El otoño da sus últimos coletazos y llegan las primeras heladas. Siempre que llegan estas fechas recuerdo con nostalgia el olor a cebolla, calabaza y a leña quemada que inundaba la atmósfera los fines de semana en el pueblo, es tiempo de matanza. Costumbre perpetuada por algunos y denostada en estos tiempos por otros, la matanza ha sido sin lugar a duda una de las principales fuentes de alimentos que llenaron la despensa en los pueblos no hace tanto tiempo, y por eso había que celebrarla.

Petra, Eulalia, Esperanza y Pura, amasando chorizos.

La matanza se convertía y se convierte todavía en una fiesta en los pueblos agrícolas. Se reúnen las familias enteras y se invita a colaborar a los amigos cercanos. Se preparan comidas y somarros para todos; las aceitunas que se han guisado ese año ya se pueden degustar, así como la carne de membrillo, el mostillo y los dulces típicos que se han elaborado por Navidad. No en vano dice un refrán: “Hay tres días en el año en los que se llena bien la panza, jueves santo, viernes santo y el día de la matanza”. Y a ello vamos, porque dentro de los dos días y medio de trabajo que suele durar la tarea no va a faltar la comida y el aguardiente.

Era corriente ayudarse entre los familiares, puesto que se requiere abundante mano de obra para realizar las diversas tareas a realizar. Cada uno tiene su papel, las labores se distribuyen, unas requieren fuerza, otras maña, al final todos los que colaboran se mueven como en un teatro, acto a acto, paso a paso.

La matanza comienza con la crianza del cerdo. Al cerdo había que cuidarlo bien, ya que de él dependía parte del sustento familiar. Dependiendo del tamaño de las familias y de las posibilidades de criar a los animales se sacrificaban uno, dos o tres cerdos. 

Tripas, pimientos secos, pimentón... ingredientes para preparar los embutidos (fotografía del escaparate de la tienda de Colado en Puertollano).

Lo primero que se hacía antiguamente antes de comenzar la matanza era calentar el agua en los peroles de cobre; estos se colocaban encima de unas trébedes al fuego y éste se alimentaba con madera de la poda de las viñas. El agua caliente serviría para pelar al cerdo. Posteriormente éste pasó a pelarse con “abulagas” y en la actualidad se hace con sopletes de butano y piedra volcánica para raspar la piel.

La primera tarde se juntaban todos los hombres para sacrificar a los animales. La sangre que manaba al degollar el animal se recogía en una vasija de barro, teniendo cuidado de darle vueltas con la mano para sacarle la madeja y así evitar que se cuajara. Esta sangre se utiliza para poder hacer morcillas. La parte de la sangre que se cuajaba se hacía frita con cebolla… todo un manjar para gente sin complejos.

El tío Jacinto, la abuela Eulalia y el abuelo Manolo, viendo cómo se cocinaban las migas.

Una vez sacrificado el animal, se colocaba éste en unas artesas de madera donde se procedía a pelarlo y limpiarlo. En mitad de la faena se tomaba una tapa con algo de beber, ya que no podemos olvidar nunca el carácter festivo y de reunión familiar del evento. También era recomendable recobrar fuerzas dado que el peso del cochino no solía ser despreciable y para moverlo se necesitaba mucha energía.

Tras el descanso se procedía a vaciar el animal del cual se aprovechaba prácticamente todo, recordemos el refrán "del cerdo hasta los andares". Las mujeres limpiaban las tripas; antaño se lavaban en agua caliente con limón, y se utilizaban posteriormente para embutir los chorizos y salchichones. Actualmente se compran tripas artificiales, evitando esta laboriosa tarea. Aún así hay gente que sigue embutiendo en tripa de cerdo y siempre se dice que esos chorizos son los mejores.

La asadura (hígados, pulmones y corazón) se colgaba, haciéndole unos cortes para que escurriese bien la sangre y quedase limpia. La vejiga se utilizaba como balón con el que jugaban los niños. Se frotaba en una pared de cal para curtirla y se llenaba de aire. No duraba mucho pero era un entretenimiento para los más pequeños, que esperaban así también la llegada de estas fechas.

Máquina manual de embutir.

Una vez limpio el animal, se le colocaba unos “camales” (maderos) en las patas de arriba que servían para colgar al cerdo. Los camales se colgaban en un gancho de tal forma que quedase el cochino en posición vertical con la cabeza mirando al suelo. Ya colgados se sacaban las mantas de manteca que hay bajo la piel y unas muestras de carne para que el veterinario del pueblo las analizara y diera el visto bueno al cerdo. Se dejaba colgado una noche entera para que le cayeran los hielos del invierno. De esta forma era más fácil deshacerlos a la mañana siguiente.

Era corriente en las casas de agricultores sacrificar, además del cerdo, algún macho cabrío para mezclar las carnes al hacer los chorizos. Así se aprovechaba más la matanza. En casa del tío Jacinto se mataba un ternero y se hacía filetes, éstos se freían en aceite de oliva y una vez fritos se ponían en unas ollas u orzas con el mismo aceite y se dejaba enfriar. El aceite conservaba la carne durante todo el año. 

El segundo día de la matanza comenzaba bien temprano, se hacía una buena lumbre en la que se ponía un caldero para cocer calabaza, cebollas y patatas, con los que luego se amasarían los embutidos. En ese fuego también se elaboraban unas migas para el desayuno con las que se esperaban a los familiares y amigos que venían a ayudar. Había que coger fuerzas para el duro día de trabajo.

Despiece de una máquina de picar.

Éste era el día en el que se cocinaba la sangre frita y los somarros, una especie de pinchos que se hacían de lomo o de hígado según el gusto. La carne se ponía sobre unas parrillas en las brasas, se cortaba en trozos haciendo cuadrados y se condimentaban con ajo, pimienta y sal por encima; uno de los grandes manjares del día.

Los hombres eran los encargados de descolgar los cerdos y despiezarlos. Se sacaban los costillares, las mantas de carne, el espinazo, los lomos, los solomillos, las barrigueras, los torreznillos de papada, se descarnaban huesos, se cortaban los jamones y las paletillas.

Con toda la carne las mujeres seleccionaban las distintas piezas con las que se elaboraban los diversos embutidos. La carne se picaba y se dejaba en unos lebrillos donde se amasaba con especias: pimentón de la vera, vino, sal, pimienta blanca y negra en bola, orégano, patata, cebolla, calabaza y arroz. Éstos eran algunos de los ingredientes utilizados dependiendo del tipo de embutido que se quisiera elaborar. También se cortaba y picaba la cebolla, la calabaza y la patata. El olor a estos alimentos inundaba la atmósfera. Al final de la tarde se lavaban todas las herramientas y se preparaba todo para al día siguiente embutir los chorizos. Con ello acababa el segundo día.

Máquina para embutir, con motor anexo (se eliminaba el trabajo de darle a la manivela) y dornillo donde se amasaban chorizos.

El tercer día de matanza, “día de los chorizos”, transcurría dentro de la denominada cocina de la matanza, alrededor de la mesa y junto a la lumbre. Se repartían las tareas, unos se encargaban de ir poniendo la carne en la máquina de embutir, otros de meter la tripa y de ir rellenándolas con la carne, otros de darle vueltas a la manivela de la máquina y el resto ataban y pinchaban los embutidos, dejándolos listos para ser colgados en la cámara. Era crucial probar el bodrio (mezcla con la que se rellenan los chorizos) antes de embutirlo, se freía un poquito en la sartén y era la mejor tapa de ese día. Aunque el menú obligado de ese día era siempre un buen cocido, haciendo especial homenaje al que hacía la tía Esperanza.

A la vez que en la cocina se elaboraban los embutidos, en la cámara se procedía a salar los jamones y tocinos. La parte más difícil de la matanza era curarla, había que estar pendiente del tiempo de los días posteriores para que no se echara a perder toda la carne. Los embutidos se colgaban y se dejaban secar unos días ahumándose en la cocina, antes de colgarlos en la cámara, para que una vez instalados allí las heladas hicieran el resto del trabajo y se pudieran comer. 

En este texto hacemos un pequeño recordatorio de cómo se hacían las matanzas en nuestra casa. Nos dejamos para otras entradas la recetas de los embutidos y algunos detalles que no hemos incluido para no alargar el texto, en todo caso hemos querido compartir en unas pocas líneas cómo se celebraba la matanza. Gran parte del trabajo que se realizaba en la matanza en nuestra casa ha sido realizado por familiares y amigos y a todos ellos les dedicamos ésta entrada, haciendo especial mención a Antonio Viñas Rojas, Manasé Notario, Manolo Hipólito, Manuel Rodríguez y Juan Monsalve sin dejarnos atrás a Eugenia, que siempre estuvo la primera para ayudar en todo a la abuela Eulalia y a la tía Pura.

La tía Pura, Eugenia y la abuela Eulalia, pelando patatas durante la matanza.

La Moda emplea el mismo procedimiento respecto de las costumbres que de las novedades. Al cabo de algún tiempo, lo que se quedo antiguo vuelve a ser moderno; pero con detalles y matices que le dan todo el encanto de la novedad.


El antiguo besamanos, que durante una buena parte del pasado siglo sólo se practicaba en los palacios con los soberanos, ha vuelto como en otros tiempos a ser un acto de galantería, o mejor dicho, un homenaje a las que son reinas en los salones; pero al reproducir esta parte de la antigua etiqueta, la Moda la ha adaptado a las tendencias y costumbres de la época
Besamano a la americana
El caballero coge la mano de la señora y la aproxima a sus labios


En el siglo XVIII, tanto en Francia como en España, cuantas personas por su estirpe o por su categoría social tenían acceso en los palacios reales o frecuentaban las moradas de los nobles de abolengo, necesitaban como complemento de su educación aprender a andar, a saludar y a bailar las pavanas y minuetos que estaban en todo su apogeo, para lo cual disponían de profesores muy considerados, que daban la mayor importancia a aquella parte teatral de la educación femenina. Nadie ignora que el arte de hacer reverencias constituía uno de los méritos que más se ponderaban y más en cuenta se tenían para considerar, tanto a las damas como a los caballeros.


La Revolución francesa acabó con éstas ceremonias, que continuaron observándose en las cortes de Austria, Italia, Portugal y España.

El besamano moderno
El caballero se inclina un poco, eleva suavemente la mano que le tienden y posa sobre ella sus labios

Durante el segundo Imperio, hubo en París un profesor de baile del antiguo régimen que logró renovar la ceremoniosa etiqueta, aunque con importantes modificaciones, porque no en vano pasa el tiempo. Haciendo una combinación entre las reverencias de la época de Luis XV y el besamanos que aún se conservaba en algunos palacios reales, restableció en la Corte de Napoleón III y de la Emperatriz Eugenia un besamanos, para cuya ejecución, además de las lecciones orales, escribió un tratado que gozó de gran éxito hasta la caída del Imperio.


La ceremonia a que aludo, constaba de cuatro tiempos, a saber: Después de hacer una reverencia, el caballero, llevando en la mano izquierda el claque, pendiente el brazo á lo largo del cuerpo formando una línea flexible, extendía la mano derecha y se inclinaba delante de la señora. Este era el primer tiempo. Con la mano derecha cogía suavemente la mano que la señora le ofrecía, depositando en ella un simulacro de beso. Este era el segundo tiempo. Como para el acto anterior, necesitaba inclinarse el caballero. El tercer tiempo consistía en que se irguiera lentamente; pero sin dejar de tener algo inclinada la cabeza. El cuarto tiempo se reducía a volver con gracia y elegancia a la primera postura, de modo que el galán resultase en actitud a la vez sumisa y arrogante. Este besamano puede verse reproducido en el grabado que aparece en la parte inferior de esta página con la rúbrica de el besamano antiguo.
El besamano antiguo
El caballero se inclina profundamente y besa la punta de los dedos de la mano, que con altaneria le concede la señora

La desusada costumbre ha sido restablecida por la Moda; pero ya no es ni sombra de lo que era, habiendo quedado reducida a una simple fórmula. Lo más original es, que la renovación modificada de la antigua etiqueta, ha sido realizada por la buena sociedad Norte americana. El caballero no se inclina para besar la mano a la señora: se la coge, la' eleva hasta el nivel de sus labios y de este modo se molesta lo menos posible. Los labios no llegan a tocar a la mano... sin duda por miedo a los microbios. Lo más extraño de todo esto, y no sé si añadir lo más lamentable, es que en los países en donde la reverencia y el besamano llegaron a su mayor grado de apogeo, se copie y aclimate la parodia del antiguo besamano.
El besamano, entre ceremonioso y familiar
Los matices de este acto de galantería son muy sutiles.La familiaridad depende del sitio donde el caballero coloca sus labios

En los grabados que reproducimos en esta página y en la siguiente, pueden verse en acción el besamano a la americana, el que todavía se conserva en algunas naciones de Europa, el que ha quedado antiguo y el que podríamos calificar de familiar. En España no se practica todavía el besamano moderno; pero de todos modos, aunque sea a título de curiosidad, creo que complacerán a las lectoras la reseña que he hecho y las ilustraciones que la completan.

Juan de Madrid - 20 de agosto de 1905.

Revista la Ultima Moda, num. 920, año XVIII, Madrid - Sección de Vida Social.

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La Última Moda fue una de las más destacadas y longevas revistas ilustradas dedicadas a la moda y las labores destinadas a la mujer, a imitación de las que triunfaban en el París de finales del XIX y primeras décadas del XX. Aparece el nueve de enero de 1888, con el subtítulo “revista ilustrada hispano americana”, llegando seis años después a alcanzar los 24.000 ejemplares, difundidos tanto en España como en las colonias de ultramar, sufriendo una merma en sus suscripciones tras la pérdida de éstas. Dejó de publicarse en 1927.

Su periodicidad inicial será quincenal, en números de ocho páginas, con nutridas y bellas ilustraciones, principalmente en la portada y páginas centrales, de grabados de modelos, figurines, vestidos, sombreros y otros complementos, así como patrones, labores y dibujos para bordar.

No podemos acabar la entrada sin dejar de mostraros la portada del número del que hemos extraído el artículo, dado lo curiosos de la misma. Jugar un partido de tenis con esos trajes debía ser de lo más singular. 


Fuente: Hemeroteca digital. Biblioteca Nacional


Algunas de las entradas las estamos dedicando a diferentes platos típicos de la gastronomía manchega, y dadas las fechas en las que nos encontramos vamos a escribir algo sobre un plato que en el pasado fue fuente de energía para pastores, agricultores, gañanes y hortelanos; y que hoy en día es difícil de encontrar en las cartas de restaurantes, aunque todavía se sigue cocinando en algunas casas, hablamos del ajo patata.
Un buen plato de ajo patatas.

Superado en fama actualmente por las migas y las gachas como estandartes de la comida manchega invernal, posiblemente el ajo patata sea junto a éstos el más claro ejemplo de la cocina que se hacía en esta tierra, comida humilde y sencilla, básicamente de subsistencia, aprovechando todo lo que la tierra podía dar.

El ajo patata, en su versión más simple contaba como ingredientes con las patatas, el ajo, el pimentón y la sal. Existen diversas versiones en las que se añade arroz, pimientos, trozos de bacalao seco, acelgas o setas. Con estos ingredientes se conseguía un plato con más sabor, pero es verdad que ingredientes como el bacalao seco, las verduras y setas no eran accesible para gran parte de la población. La introducción de nuevos ingredientes fue realizada por las clases más pudientes, que así adaptaron este sencillo plato a su recetario.

La gran virtud de esta receta es su fácil elaboración, lo que le permitía al agricultor comer algo caliente cuando estaba alejado de su casa. Dada las faenas a realizar y el tiempo que se tardaba en llegar hasta los terrenos a labrar, era normal salir temprano y regresar a casa a la caída del sol, por lo que en ocasiones cuando no llevaban comida desde sus casas cocinaban recetas como el ajo patatas en el lugar de trabajo. Los utensilios básicos para cocinar la receta eran un caldero, unas trébedes y una paleta, las cuales podían transportar en sus carros. Los ingredientes era tradición llevarlos en envases realizados con cuernos de toro, de diferente tamaño según el elemento al almacenar. El cuerno más pequeño para el pimentón, el mediano para la sal y el grande para el arroz.
Envase para ingredientes de ajo patatas realizado en cuernos pertenecientes a Robustiano de Gregorio Martín.

A continuación os dejamos con la receta extraída del libro de Carmen de Gregorio Arriaga “Costumbres y Cocina Manchega” editado por la Biblioteca de Autores Manchegos (Diputación de Ciudad Real), actualmente en su segunda edición. En esta receta presentamos la versión de ajo patatas con arroz y bacalao seco:

Ingredientes (4 personas):
  • 200 g de arroz
  • 200 g de patatas
  • 150 g de bacalao seco
  • 12,5 cl de aceite de oliva
  • 4 dientes de ajo
  • Una cucharadita de pimentón
  • Sal
  • Agua
Elaboración:

Se pelan las patatas y se contar en dados, rompiéndolas antes de terminar el corte para favorecer la salida del almidón y que quede espeso el caldo. Luego se ponen a calentar el aceite en una sartén o caldero. Se sofríen las patatas junto con el arroz y los ajos con su cascara. Posteriormente se añade el pimentón cuidando que no se nos queme. Cuando esté sofrito el conjunto se agrega el agua y cuando ésta comience a hervir se pone el trozo de bacalao, que previamente se ha tenido que lavar para quitarle la sal. Cuando el arroz esté hecho se prueba y si es necesario se rectifica.

El plato se toma caldoso y es mejor comerlo en caliente en el mismo recipiente en el que se ha cocinado. Algunas recetas añaden como toque una hoja de laurel o algo de comino. Otras versiones no echan los ajos al principio y hacen un majado con ellos que lo añaden durante la cocción.

En fin estamos ante una de esas recetas para compartir con los amigos y/o familia en estos días de invierno. Una receta que nos hace abstraernos a sabores primarios y contundentes, y a tiempos difíciles donde a veces tenían que echarle imaginación para hacer que la alimentación fuera algo más que un simple comer.

Referencias:

Carmen de Gregorio Arriaga. Costumbres y Cocina Manchega. Biblioteca de Autores Manchegos.  Segunda edición 2016. Diputación de Ciudad Real

Cocina de Pepe (blog)

Revelando mis fuentes (Blog)

Reproducimos un articulo escrito por C. Rodrigañez en la Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento en 1883, sobre la evolución de las herramientas y utensilios para realizar la siega y como estos han ido evolucionando en el tiempo. Partimos desde herramientas básicas como la hoz, ya utilizada en el neolítico, y acabamos con ingenios precursores de las actuales cosechadoras. La evolución desde el momento en el que acaba el articulo hasta la actualidad ha sido evidentemente enorme, pero no podemos olvidar como se ha realizado la siega a lo largo de milenios y el esfuerzo que ha supuesto a la humanidad; por eso nos ha parecido interesante recuperar este trabajo. Sin más os dejamos con el ameno articulo del citado C. Rodrigañez.

Siempre, en todos los ramos del saber humano y en sus múltiples aplicaciones á la vida social, es de gran importancia recurrir á la historia, “ese monumento eterno que recibe la herencia intelectual de las generaciones para salvarla de los naufragios del tiempo y los olvidos de la tumba:” la provechosa enseñanza del pasado nos guía en el presente y anima y sostiene la esperanza en lo porvenir; los reveses y obstáculos vencidos fortifican el ánimo en la lucha constante del progreso.

La historia de la agricultura, siguiendo paso á paso la marcha de la humanidad, retratando fielmente su situación en las diversas fases que en su largo camino ha atravesado, presentándose pobre y extensiva en las primeras edades, rica y floreciente en aquellos pueblos que alcanzan mayor cultura de todos géneros, no sólo nos indica que el bienestar moral y material están en razón directa y casi subordinados á la prosperidad de los campos, sino que también hace germinar la fe más ciega en las reformas científicas y en los adelantos modernos.

Figura 1: la siega en Egipto hace 6.000 años.

En España, donde, entre otras causas, el espíritu de la rutina se opone al desarrollo de las innovaciones agrícolas; aquí, donde la máquina más perfeccionada lucha con las antiguas prácticas y aun llevando á su lado el éxito es vencida, los ensayos son casi siempre de consecuencias funestas; desgraciado el que inventa, modifica ó introduce cualquier mecanismo ó trata de implantar algún cultivo; si desde el primer momento no consigue realizar todas las ventajas que se propone, las críticas más duras y las consecuencias más descabelladas llueven sobre él, sin tener en cuenta que á veces la operación depende de un detalle imprevisto, y que una vez conocido el tan criticado sistema, puede redundar en beneficio inmenso para la clase labradora. A nada de esto se atiende, la atmósfera desfavorable se esparce envolviendo todo lo que desconocido y difícilmente y á costa de grandes esfuerzos puede desvanecerse. Por esta razón todo lo que tiende á destruir ese espíritu antireformista, lo consideramos digno de la mayor atención y creemos que los estudios históricos de la mecánica agrícola pueden contribuir en gran manera á este objeto.

Hoy que el problema de la siega mecánica está completa y satisfactoriamente resuelto; hoy, que la misma máquina, con gran economía de tiempo y de dinero, librando al hombre de una penosa faena hecha bajo un sol canicular, siega la mies, agavilla y deposita los haces uniformemente en el suelo, vuelvan la vista nuestros labradores al pasado, vean las metamorfosis que ese mecanismo ha sufrido para llegar al perfeccionamiento que tiene, y digan después de conocido todo esto, si no es injusticia notoria contrarrestar el impulso de la agricultura hacia las mejoras modernas ya ensayadas, y entorpecer con la apatía ó la oposición más ruda el espíritu reformista, cuando hasta los ensayos más insignificantes deben tenerse en gran estima por ser preludios de conquistas tan grandiosas como las obtenidas en el material agrícola.
Figura 2: maquina de segar de los galos.

Desde el momento que el hombre trazó el primer surco en la tierra y abandona la vida errante del pastoreo, los cereales, el trigo entre ellos, crecen al lado del hogar, figurando como uno de los principales alimentos: desde los tiempos más remotos se conocen las fiestas de la abundancia. Cuando llega la época de la siega, ya sea en una ú otra forma, todos los pueblos han celebrado esta solemnidad consagrada á Ceres, cuyas sacerdotisas abren la marcha en la procesión del trabajo.
Figura 3: máquina de segar de los romános.

Las noticias que á nosotros han llegado de las primeras edades, comprueban que el cultivo, y por consiguiente la siega de los cereales, cuentan unas ejecutorias tan largas como las de la humanidad. No los encontramos en las primeras edades de la India, donde la fertilidad del suelo y su espontánea y exuberante vegetación evitaban toda clase de cultivo; pero ya en el Egipto, en las orillas del misterioso Nilo, encontramos en las tumbas y en los templos numerosos restos de su escritura jeroglífica, que revelan, no sólo la explotación de los cereales, sino también los procedimientos que para recogerlos se empleaban: ejemplo de esto es la figura 1 copiada de una tumba que indica la forma en que se hacia la siega en Egipto hace seis mil años.
Figuras 4 Primera guadaña perfeccionada de los antiguos
Figura 5 Hoz de los antiguos.

Los diferentes instrumentos que para la recolección se han empleado son muy diversos, y de ellos nos ocuparemos más tarde; las máquinas segadoras, en cambio, hasta época muy reciente son escasas, y en la antigüedad sólo se conocía un sistema, debido, según todos los autores, á los galos; esta máquina, ya conocida en la Galia cuando ésta se hizo romana en costumbres y en lenguaje en tiempo de Vespasiano, es la misma que adoptaron más tarde los romanos. Según las descripciones de Plínio y Palladio, consiste en una especie de carro montado sobre dos ruedas que lleva en su parte anterior una plancha con un número variable de dientes, según la extensión que se quiera abarcar, y una especie de ranuras por las que se introduce la espiga, cayendo en la caja del carro: un buey enganchado en la parte posterior de aquél, la imprime movimiento, y la espiga se separa de la paja, pero sin ningún aprovechamiento de ella. Esta máquina es lo mismo en la Galia que en los campos romanos, según puede verse por la figura 2 y por la 3 que tomamos, así como algunas otras, de un folleto publicado por Mr. Pilter.
Figura 6: Ani Ani empleada en Java.
Figura 7: hoz usada en España.

Figura 8: hoz dentada de los antiguos.

La segadora de los galos desaparece de la práctica por completo, sin duda alguna, cuando el aumento de terreno cultivado hizo disminuir los pastos y obligó á aprovechar la paja para alimento del ganado; pero si de máquinas no encontramos vestigio en un largo período de tiempo, no sucede lo mismo con los cuchillos, hoces y guadañas que se emplean en la siega á brazo, que se multiplican afectando formas muy variadas, según su destino y los pueblos que los usan. Las narraciones, medallas y monumentos antiguos indican algunos de estos instrumentos, entre los que podemos señalar la primera guadaña perfeccionada de los antiguos (figura 4) y la hoz, también contemporánea de la anterior, figura 5, el Ani Ani, cuchillo usado por los naturales de la isla de Java, figura 6, y la hoz, todavía generalizada en España con una curvatura más ó menos pronunciada en la hoja y un mango terminado por una ligera eminencia, según puede verse en la figura 7, que sirve para sujetarla mejor.
Figura 9: hoz dentanda del Reino de Valencia.

Estas hoces, de curvas más ó menos pronunciadas, también se usan con la hoja dentada, variando muchísimo de forma; en la antigüedad ya se conocía la que representa la figura 8, que se encuentra en los manuscritos de Hexiodo y á este género pertenece también la usada en el reino de Valencia (figura 9).

La necesidad cada vez mayor de aprovechar las pajas modifica las formas de las hoces generalmente empleadas, y las guadañas con un mango de mucha más longitud las sustituyen en el aprovechamíento de rastrojos y en la siega de forrajes. La inmensa comodidad que proporciona al obrero y por consiguiente el mayor trabajo de ésta, generaliza bien pronto estos útiles, que se han ido modificando notablemente; desde la guadaña representada en la figura 4 pasa á la que indica la figura 10, que ya presenta la ventaja de que puede por la forma de su mango manejarse con ambas manos. Más tarde se adoptó la guadaña de cortar forrajes (figura 11), teniendo como tipo intermedio por la mayor longitud de un mango la guadaña de forma de gancho hoy empleada en Suecia por las espigadoras (figura 12).
De arriba hacia abajo: figura 10: guadaña para cortar rastrojos; Figura 11: guadaña para cortar forraje; figura 12: gancho para espigar; figura 13: guadaña usada en el canton de Appenzel.

A las guadañas de mango largo se añade más tarde algunos agarraderos ó se dá desde luego al mango forma á propósito para manejarlo fácilmente con las dos manos, y de estas modificaciones resultan diversos tipos entre los que podemos contar el representado por la figura 13 usado en el cantón de Appenzel y bastante generalizada en diversos países.
Figura 14: guadaña con soporte de red usada en Suecia.

Los instrumentos de la siega á mano sufren una nueva reforma; á fin de sostener la paja de los cereales ó los forrajes á medida que se van cortando y de facilitar la formación de gavillas, se añade al mango de la guadaña un soporte que puede ser de red, como el empleado en Suecia (figura 14), ó puede ser de madera de poco peso y doble, como indica la figura 15, que representa un sistema muy conocido en todos los países.
Figura 15: guadaña de doble soporte.

Figura 16: tijeras inventadas por Meores.
Figura 17: maquina de Taylor.

Con estos instrumentos se ha ejecutado la siega en todos los países hasta mediados del siglo presente, pues aunque se ha tratado de sustituir las hoces y guadañas por otros instrumentos, no han dado resultado alguno. En 1830 Meores inventó unas grandes tijeras montadas sobre dos ruedas (figura 16).

Taylor, en 1751, idea también la máquina que representa la figura 17, y que consiste en un disco al que se imprime movimiento con la mano y éste á su vez lo trasmite á una hoz, y todo ello vá montado sobre cuatro ruedas. Pero los inconvenientes que estos nuevos aparatos ofrecen hacen que se trate ya con verdadero ahinco de inventar máquinas más perfeccionadas para la siega. Desde 1785 se trabajaba activamente en el asunto, y en Inglaterra se presentaron varios modelos de escaso resultado. En 1811 Smith inventa en Escocia una nueva máquina que se creyó mucho más práctica que las anteriores, basada en el empleo de una sierra giratoria situada en la base de una rueda que se pone en movimiento por un sistema de engranaje, según puede verse en la figura 17.
Figura 17: Maquina segadora de Smith.

Nuevos ensayos y reformas de todos géneros se intentaron con poco éxito, hasta que en 1826 el reverendo Patrick Bell ideó la segadora que lleva su nombre (figura 18) , que llamó poderosamente la atención en los diversos ensayos con ella practicados. Sin embargo, en Inglaterra no fué bien acogida, y hasta que se presentó la de Mr. Mac-Cormick, de los Estados Unidos, no se extendió su empleo en la agricultura inglesa; una vez aceptada esta máquina, se ha reformado, constituyendo los diversos sistemas que ya conocen los lectores de la GACETA AGRICOLA, hasta llegar á las segadoras agavilladoras más perfectas.
Figura 18: segadora de Patrick Bell.

A la ligera hemos indicado la historia que las máquinas y procedimientos de siega han seguido, y creemos que después de conocida, no dudarán nuestros labradores lo que al principio les decíamos: hasta los ensayos más insignificantes deben tenerse muy en cuenta, pues son la base, en la mayor parte de los casos, de conquistas de mucha importancia y de verdadera utilidad práctica.

C. RODRIGÁÑEZ.
Gaceta Agrícola del Ministerio de Fomento
Segunda época Tomo VIII
Octubre a Diciembre de 1883

Nota: en el articulo se numeraban las figuras siguiendo la correlación existente en toda la gaceta. Para facilitar la lectura hemos renumerando las figuras.
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Jacinto Ruiz García-Minguillán, Patricia Ruiz Carmona y Jacinto Ruiz Carmona. Enamorados de los objetos antiguos, su restauración e historia; así como de las tradiciones y costumbres de nuestra tierra.

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