Historia de un botijo.

De repente escucho el chirriar de las bisagras y se abre la vieja puerta de madera de la cámara en la que me encuentro. Tras un largo invierno veo por fin la luz; los rayos de sol traspasan el umbral de la puerta y empiezo a sentir como los pequeños poros de mi superficie comienzan a abrirse; vuelvo a despertar. Estamos a finales de mayo y el calor seco de la Mancha comienza a ser sofocador en las horas del mediodía.


Botijo con su botijero.

Noto el tacto de la mano que coge mi asa y enseguida reconozco con familiaridad la suavidad de su tacto; son muchos años ya en esta casa y no puedo dejar de pensar en cómo ha evolucionado el contacto entre su piel y mi arcilla seca. Recuerdo aquella piel tersa y suave que un buen día de feria me llevo a casa. Ahora su tacto es más frágil y cálido evocándome las frescas tardes que hemos compartido en este patio. Por fin salgo de la cámara. Nada parece haber cambiado, las macetas en su sitio, el pozo en una esquina con su viejo brocal, la carrucha sigue allí pero ya no hay cubo, el zócalo de azulejos brillando al sol; también puedo ver el corredor en la parte alta y las columnas, unas de piedra y otras de madera, que sujetan la galería.

Me limpian con cuidado, sintiendo como el agua cala todo mi cuerpo. Tantos meses en esa cámara han dejado sobre mí una leve capa de polvo que va desapareciendo con el frotar de las manos sobre la arcilla. Por fin entra el agua por mi boca. Una sensación de felicidad me invade, acabo de despertar de mi letargo y hay que ponerse a trabajar. Se esmeran en acicalarme para el nuevo verano me espera; a partir de ahora recupero mi sitio en el patio.


Botijo que compro el abuelo Manolo cuando estuvo realizando el servicio militar en Talavera de la Reina, año 1940 aproximadamente. Solo por uno de los pitorros cae agua.

Nací a partir de las rocas expulsadas desde el fondo de la tierra hace millones de años, mi arcilla al fin y al cabo es el fruto del desgaste de esas rocas hasta convertirse en pequeñas partículas depositadas unas junto a otras. Un buen día un maestro alfarero recogió esa arcilla y me modeló con esmero. Presionó, retorció y humedeció el material hasta conseguir hacerlo maleable. Dio forma a mi cuerpo sobre un torno con sus sabias manos y luego me colocó un asa, un pitorro y una boca. Soy marrón y algo achatado, sencillo y pacifico como Sancho Panza.

Tras darme forma el alfarero, junto a mis hermanos y otros primos de mi familia como cantaros y pequeñas tinajas, me introdujo en un horno. ¡Más de mil grados! Creíamos que no saldríamos, pero aquel calor nos secó y si saberlo nos hizo fuertes y duraderos. Tras enfriarnos nos sacaron a la calle. Visitábamos los pueblos en ferias vimos el  bullicio, la gente y sobre todo la fiesta. Todos nos miraban y de vez en cuando alguno de nosotros desaparecía. Siempre nos preguntábamos entre nosotros cual era nuestro fin, Los cantaros y tinajas los veíamos en las ferias llenos de vino y agua pero de nuestra raza no veíamos a ninguno y eso del pitorro era cuanto menos algo raro que nos diferenciaba del resto.


Botijo de patio.

Me pase varias semanas recorriendo, bajo un sol de justicia, las ferias de los pueblos de la Mancha, hasta que un buen día, en la feria de Almodóvar del Campo, llegó al puesto del alfarero una mujer y empezó a mirarnos. Nosotros nos pavoneábamos para ver quién era el elegido, mostrábamos nuestros pitorros erguidos para que nos eligieran. Esta vez se fijaron en mí. El alfarero habló con la mujer y acto seguido sujeto mi cuerpo con las dos manos y me entregó a ésta. Me sentía desconcertado, me cogieron del asa y separaron de mis hermanos. Salimos de la feria y la calle estaba vacía, no se veía a nadie. La mujer canturreaba y parecía contenta. Tras torcer una esquina sacó una llave y abrió una puerta. Entramos a un patio, todo era nuevo para mí, me sentía extraño al lado de todos los objetos que allí había. Me dejaron en el suelo y la mujer desapareció.


Botijo artístico emulando una parra.

A la mañana siguiente la mujer me agarró bruscamente del asa y a través de la boca que tengo en mi espalda me llenó de agua. El agua comenzó a disolver parte de restos de arcilla mal cocida de mi interior. Además, a parte del agua, derramó un poco de anís en mi interior. Una sensación angustiosa me sobrecogía, era como si tuviera nauseas y mareos. El agua empezaba a recorrer los poros de mi arcilla intentando salir. Así me pase mi primer día, solo y sin que nadie me hiciera caso. Al día siguiente me vaciaron y volvieron a llenarme de agua con un chorrito de anís. Al tercer día igual. Yo me lamentaba de mi destino, ser llenado y vaciado sin más de una mezcla de agua con anís; estos humanos me en principio me habían parecido interesantes, ya que me habían dado forma, me parecía que estaban volviéndose locos. Me sentía abatido y mi cuerpo comenzaba a llorar por el calor y la tristeza. El cuarto día note un cambio, me enjuagaron por dentro varias veces y me llenaron de agua sin anís, ¡qué alivio!, me humedecieron bien la superficie y me colocaron al sol en una esquina del patio sobre un platito con agua.

Me sentía algo aliviado pero no paraba de sudar. Por la tarde llegó la mujer junto a un hombre. Éste me levantó cogiéndome por el asa y volcándome hacia adelante, sobre su cabeza, el agua de mi interior comenzó a salir del pitorro. Qué bien me sentía. El hombre se dirigió a la mujer y le dijo, –el agua esta buena y fresca, tiene un poco de sabor todavía pero se le quitara en dos o tres días. Prueba tú– La mujer me levanto nuevamente y con el mismo movimiento me volcó hacia adelante para el que el agua saliera por el pitorro. Estaba tan distraído con la sensación, que no me había dado cuenta que esa agua que salía, caía directamente en la boca de la mujer. Me di cuenta que era un recipiente y que servía para guardar agua. La mujer si dirigió al hombre y le dijo – muy fresquita, parece que hace buen agua–.


Botijo artístico emulando la cabeza de un toro.

A partir de ese día me rellenaban a diario y ocupe mi sitio en el patio. Todos los que entraban en el patio me cogían y bebían de mí. Me empece a sentir querido. Seguía sudando mucho pero mi di cuenta que ese era mi secreto. Al pasar el agua a través de los poros de las pareces de mi cuerpo hacia el exterior estaba trabajando y por ello sudaba; con este efecto conseguía que el agua de mi interior se refrescara y eso, en las calurosas tardes manchegas, era un tesoro. Sencillo y sabio mecanismo el de mi funcionamiento, algunos lo califican de simple pero ¿se te hubiera ocurrido fabricarme si no me conocieras?.

Llego el otoño y me guardaron en la cámara. Durante unos meses podía descansar y recuperar fuerzas para de nuevo, a la primavera siguiente, volver a ocupar mi lugar en el patio. Los años han ido pasando, algún año me colocaron sobre un botijero de madera, otro verano me hicieron un traje de trapo para mantenerme húmedo, un año me pusieron un corcho en la boca, ¡Será por lo que hablo!, y otro una especie de rejilla de punto para que no entraran insectos, en fin las modas también han pasado por mi vida. Recuerdo con cariño las noches al fresco, las conversaciones y cotilleos de las vecinas, el olor a tierra mojada cuando amenazaba tormenta y sobre todo esas noches manchegas donde el aire permanece quieto y solo se escucha el sonido de los grillos.


Colección de botijos.

Tras largos años de servicio en esta casa continúo todos los veranos con mi agotadora misión. La competencia es dura. Los nietos de los dueños de la casa han colocado una pequeña caja blanca, muy rara, en otra esquina del patio. Cuando la abren sacan botellas y parece que el agua está fresca. En todo caso aquella mujer y hombre que hace ya tanto tiempo me compraron al alfarero que me dio forma, siguen levantándome cariñosamente y degustando el agua que guardo en mi interior sin echarle cuentas a la caja blanca. Ellos siguen dando sentido a mi existencia y hacen sentirme orgulloso de lo que soy ¡un botijo!.

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Dedicamos esta entrada al botijo, objeto indispensable en todas las casas hasta que llegó el frigorífico. Hoy en día el botijo es menos usado, pero aquellos que hemos tenido la suerte de probar el agua que contienen nunca podremos olvidar su gusto y frescor. Os animamos a que lo sigáis utilizando y aquellos que no lo tengáis, por favor, poned un botijo en vuestras vidas, no os arrepentiréis.


Botijo actualmente en uso y funcionando a pleno rendimiento.

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