Miguel Cano “el viejo”, ebanista y arquitecto de retablos

Aún puedo sentir en mis manos el rastro del serrín y ese olor penetrante a pino y cedro que inundaba el taller de mi padre, aquel hombre que no fue solo un artesano, sino el tronco de una verdadera estirpe de artistas. Mi padre, Miguel Cano, a quien todos llamarían después "el Viejo", nació hacia 1573 en las tierras de Almodóvar del Campo, en Ciudad Real. Fue hijo de Alonso González, natural de la misma localidad y de Catalina Rodríguez nacida en Almagro y criada en Valenzuela de Calatrava. Se casaron en Valenzuela, pero fijaron su residencia en Almodóvar, donde nació mi Padre. 

Me contaba que, por aquel entonces, Almodóvar del Campo era una villa de unos ochocientos vecinos, un lugar de paso forzoso entre Castilla y Andalucía donde la vida se debatía entre la dureza del campo y el rumor de los telares. La recién estrenada escuela de los Carmelitas, sucesora de la de los Jesuitas, lo pudo acoger y allí aprendió a leer y escribir. En mi familia,  llevábamos la arquitectura y el trabajo con madera en la sangre; en aquellas mismas tierras manchegas trabajaba un pariente nuestro, Francisco Cano, que dejó una huella imborrable con sus obras en Villanueva de los Infantes. Éramos un linaje de ebanistas, carpinteros y armadores y mi padre, desde niño, ya se crio en ese ambiente, que nos supo transmitir.


Retablo de la Iglesia de San Ildefonso. Granada

Su querida Almodóvar era a finales del siglo XVI cabeza de una gobernación de la Orden de Calatrava, poblada mayoritariamente por labradores pobres y apenas una docena de casas de hijosdalgo que defendían su hidalguía ante la Chancillería de Granada. El aire de la villa me contaba, estaba impregnado del comercio de lanas y de la fama de sus paños, que se enviaban hasta Toledo, aunque mi padre recordaba cómo ese trato empezaba a decaer por el peso de las alcabalas. Fue en ese ambiente de trabajo recio, marcado por inviernos de nieblas y veranos de calor intenso, donde Miguel Cano empezó a mirar más allá de las dehesas manchegas.

De la villa partió en esa época mucha genta hacia América, con el sueño de la fortuna; pero mi padre, siendo casi un niño, partió a Granada, antes de octubre de 1587, buscando la fortuna que ofrecía una ciudad necesitada de "cristianos viejos" para su repoblación. Granada era entonces una tierra de promisión tras la Guerra de las Alpujarras, pues las iglesias habían quedado despojadas y el Concilio de Trento exigía un nuevo arte que pusiera el sagrario en el centro del culto. 

Fue allí, en la parroquia de San Ildefonso, donde un 16 de octubre de 1587 celebró sus velaciones matrimoniales con mi madre, María de Almansa, manchega también de Villarobledo e hija de Cristóbal Fernández y de Brígida de Almansa, en la Parroquia de San Ildefonso. Eran apenas unos adolescentes: él contaba quince años y ella solo trece, una precocidad que no impidió que formaran un hogar sólido. También los ayudo a asentarse  un familiar próximo de mi madre que desempeñaba el oficio de secretario y oidor –juez– en la Real Chancillería de Granada, circunstancia que sin duda les daría cierta seguridad para trasladarse a esa ciudad.


Retablo mayor Parroquia de Albolote. Granada

La vida se abrió paso pronto, y poco después nacía mi hermano mayor, Miguel "el Joven", el primero de una prole que incluiría a Cristóbal, Diego Rodríguez, de quien algunos dijeron falsamente que no era legítimo por tomar el apellido de mi abuela, María, Juan, yo mismo Alonso, Antonio, otro Cristóbal y la pequeña Catalina.

Recuerdo mis años infantiles viendo cómo el taller de mi padre se convertía en el más activo de Granada, trabajando a menudo bajo las trazas del arquitecto Ambrosio de Vico y coordinando a escultores de la talla de Pablo de Rojas. Su prestigio era tal que en 1614 el propio cabildo le pidió su dictamen técnico sobre el estado del baldaquino de la catedral diseñado por Diego de Siloe, atacado por la carcoma. Siempre fue un hombre de palabra; en 1591 no dudó en actuar como fiador del retablero Diego de Aranda para que este pudiera salir de la cárcel.

Durante su prolongada estancia en Granada, Miguel se consolidó como uno de los entalladores y ensambladores más solicitados, llegando a monopolizar gran parte de la actividad retablística de la archidiócesis. Trabajaba para todos, recuerdo el Apuntalamiento de las grutas del Sacromonte durante la búsqueda de las reliquias de los "santos sacromontanos”, el  Retablo de nuestra querida iglesia de San Ildefonso, el Retablo de Albolote (1605-1607), considerado el más importante y monumental de este periodo en la archidiócesis, donde mi padre realizó las entalladuras y el ensamblado, los retablos de Acequias y Calicasas y el Retablo del Monasterio de la Madre de Dios (Comendadoras de Santiago), colaborando con  Bernabé de Gaviria. Otras obras destacadas fueron el Túmulo funerario de la reina Margarita de Austria-Estiria, levantado en el crucero de la Catedral de Granada siguiendo el diseño de Ambrosio de Vico, o la  Reformas en la Casa de Llisana. El trabajo no falto durante nuestra estancia en Granada.

Retablo Mayor de la Parroquia de Calicasas. Granada

En 1615, mi padre decidió que debíamos marchar a Sevilla. Sabía que el mecenazgo en Granada languidecía tras la marcha del arzobispo Pedro de Castro y buscaba para mí la mejor formación artística. Mucho se ha especulado sobre nuestra marcha a Sevilla en 1615. Algunos maledicentes hablaron de un escándalo por estupro de mi hermano Miguel, pero la verdad es que mi padre buscaba un mercado más amplio y asegurar mi formación artística. Mi hermano Miguel se quedó en Granada cuidando el taller paterno durante diez años más, lo que prueba que no huíamos de nada. Al llegar a Sevilla, mi padre me puso como aprendiz con Francisco Pacheco, donde conocí a mi amigo Diego Velázquez, aunque pronto regresé a su lado para estudiar el diseño y la simetría bajo su guía.

En la ciudad del Guadalquivir, mi padre encontró en Diego López Bueno, maestro mayor de obras del Arzobispado, a su aliado más valioso. López Bueno fue el vehículo que permitió a mi padre afianzarse en el mercado local y a mí imbuirme de las fórmulas tardomanieristas que luego yo mismo transformaría. Su relación fue tan estrecha que mi padre se convirtió en su colaborador predilecto para ejecutar las obras que Diego trazaba.

Juntos dieron vida a la sillería coral de Santa Ana en Triana (1620), una obra de 39 asientos donde mi padre demostró su maestría con la técnica del embutido de maderas de distintos colores. También colaboraron en el monumento eucarístico del mismo templo (1621-1622), una estructura de baldaquino con dieciséis columnas jónicas y corintias que mi padre ejecutó siguiendo las condiciones dictadas por López Bueno. La confianza entre ambos era tal que Diego actuó como fiador de mi padre en la sillería de Villamartín (1618) y ambos actuaron a menudo como expertos tasadores en litigios de otros maestros, como ocurrió con un retablo de Alonso Sánchez para el Convento de Santa Isabel en 1631.

Retablo de La iglesia de Nuestra Señora de la Oliva. Lebrija

Incluso en mis propios inicios, la sombra de López Bueno fue esencial. Los facistoles que mi padre y yo realizamos para las parroquias de San Pedro (1627) y San Vicente (1628) seguían de cerca los modelos que Diego había establecido previamente. Mi padre, con una generosidad inmensa, usó su prestigio y sus contactos con la curia para contratar grandes obras, como el retablo de Santa Maria de la Oliva en Lebrija (1629), para luego traspasármelas y dejarme brillar. También participó en el Retablo mayor de Niebla, el retablo mayor de la parroquia de San Felipe en Carmona, junto al dorador Pablo Legot o el Retablo mayor de San Juan de la Palma, en colaboración con Juan del Castillo y en el que yo, Alonso Cano, realice la imagen titular del Bautista.

Tras quedar viudo, mi padre,  se casó con Isabel Osorio. De esta segunda unión no nació ningún hijo, según declaró el propio Miguel en su testamento y ella le acompaño los últimos años de su vida. Mi hermano Miguel “el joven” dejó Sevilla y marchó a Cádiz. Mis hermanas, Maria y Catalina, tristemente fallecieron antes que mi padre y Antonio abandono el oficio artístico en nuestro taller para servir como soldado en la Armada.

Mi padre, Miguel Cano “el viejo”, falleció en Sevilla tras otorgar testamento el primer día de 1646. Se fue un hombre que, partiendo de los campos manchegos, fundó una escuela y guio mis manos con la sabiduría de quien supo unir su pericia técnica al genio arquitectónico de su tiempo. Fue él, Miguel Cano, quien puso los cimientos de todo lo que soy. Gracias Padre.

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Alonso Cano, hijo del almodovense Miguel Cano, “el Viejo”, fue una de las figuras más versátiles y polifacéticas del Barroco español, destacando por su maestría excepcional en la pintura, la escultura y la arquitectura, lo que le valió el apodo del "Miguel Ángel español". Formado en Sevilla junto a Velázquez, su estilo se caracterizó por un idealismo clasicista que buscaba la belleza serena y la elegancia formal, alejándose del naturalismo dramático de la época. Entre su inmenso legado sobresalen la fundación de la escuela granadina, la creación de delicadas imágenes de la Inmaculada Concepción y el diseño de la imponente fachada de la Catedral de Granada, consolidándose como un artista fundamental que supo unir la espiritualidad religiosa con una estética refinada y equilibrada.

Mantuvo una estrecha relación profesional con su padre, en la que Miguel aportaba la solvencia técnica y contractual, mientras que Alonso aportaba el genio creativo y la ejecución escultórica, permitiendo que el joven artista se abriera paso en el competitivo mercado sevillano bajo la sombra protectora de su padre.


Retrato de Alonso Cano

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