Al amparo del silencio: el legado inmortal de Eduardo Agostini Banús
Ahora que el silencio ha llenado definitivamente nuestra casa y mi querido Edgar ha partido, siento el deber de poner sobre el papel la verdad de una vida que fue tan brillante en su inteligencia, como castigada por los vaivenes de este siglo cruel. Yo, Constanza Carrero de Gregorio, almodovareña de nacimiento, que fui su esposa desde aquel año de 1930 en que unimos nuestros destinos; con el corazón encogido por su ausencia, pero lleno de un orgullo infinito, quiero recordar al hombre, al matemático, al historiador y, sobre todo, al alma noble que se ocultaba tras su mirada rigurosa.
Eduardo Agostini Banús
Los orígenes de Edgar: Un hogar de libertad en Tarragona
Siempre me fascinó escuchar a Edgar hablar de su infancia en Tarragona, donde nació en 1896. Creció en un hogar singular, una auténtica isla de librepensamiento en mitad de una España temerosa y tradicional. Su padre, Louis Agostini, era un ciudadano estadounidense de origen italiano, un hombre de una pieza que ejercía como vicecónsul de los Estados Unidos y consignatario de buques. Aquel suegro al que no llegué a conocer era un protestante convencido y un masón de alto grado —el 33, nada menos—, hijo de un abogado republicano, Giulio Cesare Agostini, que había luchado por la unificación italiana y muerto en el exilio en Londres. Su madre, Maria Banús Ciurana, provenía de una familia terrateniente y muy católica de La Masó y l'Albi. Por amor a Louis, se convirtió al protestantismo, lo que le costó el desprecio y el alejamiento definitivo de los suyos.
En esa atmósfera bilingüe, cosmopolita y de una profunda exigencia ética se crio mi Edgar junto a sus hermanos. Todos ellos fueron seres extraordinarios que tomaron rumbos internacionales y valientes: su hermana Hilda, pionera de la renovación pedagógica y Gran Maestra de la masonería; su hermano Guido Hèctor, que falleció heroicamente como voluntario de la Legión Extranjera francesa en la batalla de Verdun; o Cèsar, Beatriu, Nelly y Stanley, que llevaron el nombre de los Agostini por el mundo entero. Edgar se educó en la escuela protestante de Reus y luego en el Instituto de Tarragona antes de trasladarse a Madrid para estudiar Ciencias Exactas. Esa pasión por las matemáticas marcó su forma de ver el mundo: para él, la historia, la geografía y el espacio debían medirse con la misma exactitud que una ecuación.
Tumba del padre de Eduardo
Sus primeros años en Almodóvar y el brillo de su profesión
Nuestras vidas se cruzaron en Almodóvar del Campo. Edgar llego Almodóvar en octubre de 1921 para formar parte del profesado de la Academia Politécnica, dirigida por D. Ricardo Schoeppen y D. José Serrano. Muy pronto se sumergió en la vida local con una apabullante actividad en los ambientes culturales, escribiendo en los periódicos locales como La Revuelta. Durante esos años de la dictadura de Primo de Rivera, prestó servicio en el plano municipal como teniente de alcalde y secretario de la delegación gubernativa, aunque él siempre me insistió, bajo juramento, en que jamás se había afiliado a partido político alguno. En esos años comenzó a ordenar el archivo municipal y a escribir sobre la historia de Almodóvar del Campo.
Anuncio en la sección de Viajeros del Defensor comentando la llegada de Eduardo Agostini a Almodóvar
El año de nuestra boda, 1930, fue también el de su gran triunfo académico al ganar por oposición libre la cátedra de Matemáticas en el Instituto "Pérez Galdós" de Las Palmas de Gran Canaria, dejando así su actividad en la Escuela Politécnica y trasladándonos a vivir a la Palmas. En febrero de 1932 asumió la dirección del centro. Aquellos primeros años en las islas fueron hermosos y tranquilos, dedicados a la docencia y al cuidado de nuestra familia. Pero la tormenta se estaba gestando, y nos alcanzó con toda su violencia en el lugar que creíamos más seguro.
Anuncio de la Escuela Politécnica
Los años de la Guerra Civil (1936-1939): entre el refugio y el deber forzoso
A finales de junio de 1936, como hacíamos todos los años, llegamos a Almodóvar del Campo para pasar nuestras vacaciones de verano. Pocas semanas después, el país estalló en mil pedazos. Ante el horror y el desorden que se apoderaron de las calles en los primeros meses, Edgar tomó la sensata decisión de retirarnos al campo, refugiándonos en una pequeña huerta de nuestra propiedad que tenía mi familia en el Confitero. Buscábamos el silencio, apartarnos de la locura colectiva. Fue en esos días aciagos cuando Edgar cometió su primer gran acto de valentía civil: al enterarse del peligro que corría la iglesia, utilizó el respeto y el prestigio cultural que se había ganado en el pueblo por sus escritos históricos para interceder ante los exaltados y salvar de las llamas el archivo parroquial de Almodóvar. Sin su intervención, siglos de nuestra historia común habrían quedado reducidos a cenizas.
Pero el aislamiento no podía durar para siempre. En junio de 1937, el Ministerio de Instrucción Pública republicano localizó nuestro paradero. Un delegado del Gobierno se presentó en nuestra casa y Edgar fue conminado de forma inapelable a reincorporarse al servicio. Lo obligaron a trasladarse a Madrid para ocupar la cátedra de Matemáticas en el Instituto "Lope de Vega". Debido a su innegable capacidad de gestión, pronto lo nombraron comisario-director del Instituto-Escuela, así como de los institutos Lebrija y Lagasca.
Academia del Beato Juan de Ávila 1945. Se ve a Eduardo en la parte central inferior de la fotografía
Fueron tiempos de una tensión insoportable. Edgar siempre me confesó el calvario que vivió en el Instituto Lagasca, donde intentó por todos los medios frenar la politización de las aulas, suspendiendo conferencias propagandísticas y expulsando del claustro a los dirigentes del sindicato estudiantil de izquierdas FUE. Aquella resistencia silenciosa le costó que las autoridades, entonces bajo el control de la CNT, lo miraran con sospecha y lo trasladaran en septiembre de 1938 a Ciudad Real y luego a Puertollano. Quisieron nombrarle dos veces director en Puertollano, pero él se negó en redondo a tomar posesión de aquellos cargos de confianza.
Finalmente, a principios de febrero de 1939, fue reclutado a la fuerza en las quintas de Negrín y destinado a Almagro como soldado. Pero Edgar no estaba dispuesto a combatir por una causa que no sentía suya; desertó a los pocos días y regresó de noche, escondido, a Almodóvar del Campo para refugiarse a mi lado. Durante esos años de sangre, Edgar también demostró la grandeza de su alma protegiendo a los perseguidos: mantuvo oculto en nuestra finca a su antiguo chófer canario, José Segura Pérez, para librarlo de las quintas republicanas, y acogió en nuestro propio hogar a Juana Padrón Hernández, una joven opositora canaria de conocidas ideas conservadoras a la que la guerra había dejado atrapada en la península.
La amargura de la posguerra: el calvario de la depuración
La llegada de la paz no trajo la tranquilidad que tanto anhelábamos. Al contrario, se inició para nosotros un calvario burocrático que duró dos décadas. En Canarias, la Comisión Depuradora de Las Palmas le había abierto un expediente implacable en su ausencia. Basándose en informes anónimos y en declaraciones del clérigo Manuel Socorro —quien fuera compañero de Edgar y luego director del instituto grancanario—, se le acusó de ser un izquierdista peligroso, de haberse mostrado antirreligioso y de haber pertenecido al sindicato de Trabajadores de la Enseñanza (FETE). El 27 de agosto de 1937, la comisión canaria decretó su destitución y separación definitiva del servicio. Edgar jamás recibió aquel pliego de cargos en mano; lo juzgaron y condenaron a ciegas, publicando la resolución únicamente en el Boletín Oficial.
Portada de su libro sobre la historia de Almodóvar del Campo
Comenzó entonces nuestra larga lucha por limpiar su nombre. Edgar redactó escritos memorables defendiéndose con una dignidad admirable. Explicó que su afiliación a la FETE en 1935 había sido una medida meramente defensiva ante una calumnia, y que presidir aquella mesa electoral en las elecciones de 1936 fue una obligación legal impuesta por sorteo de edad y apellido. Frente a las infamias de Manuel Socorro de que mi esposo era contrario a la Iglesia, Edgar defendió con orgullo nuestro matrimonio católico, el bautismo de todos nuestros hijos y su respeto reverencial por la fe. Pero el rumor más dañino, el que siempre planeó sobre nosotros como una sombra invisible, fue la falsa acusación de pertenecer a la logia masónica "Condorcet" de Madrid. Edgar llegó a jurar ante Dios, por su honor y por la vida de nuestros hijos que jamás en su vida había pisado una logia, pero la sospecha de su herencia familiar pesaba demasiado ante los ojos de un tribunal inquisitorial.
Durante veinte años nos cerraron todas las puertas. El régimen le prohibió ejercer no solo en los institutos públicos, sino también en los colegios privados como el "Viera y Clavijo" de Las Palmas, que deseaba contratarlo por su enorme valía científica. Sobrevivimos como pudimos, gracias al campo que yo había heredado y a su incansable voluntad. La justicia tardó una vida en llegar. Fue en febrero de 1957, cuando ya contaba con 61 años y la jubilación estaba a la vuelta de la esquina, cuando el Ministerio de Educación decretó su rehabilitación. Dejaron sin efecto su expulsión, aunque el orgullo del tribunal les impidió marcharse sin una sanción testimonial de tres años de traslado e inhabilitación para cargos directivos. Qué más daba ya; Edgar solo quería la paz de sus libros y el reencuentro definitivo con la tierra que tanto había amado.
Su legado inmortal: lo que Edgar le devolvió a Almodóvar del Campo
Hoy, contemplando las estanterías donde descansan sus manuscritos, entiendo que el verdadero triunfo de Edgar no estuvo en las aulas de las que fue injustamente apartado, sino en la eternidad que le regaló a su patria chica. A través de su obra cumbre, Historia de Almodóvar del Campo: de sus albores a 1925, Edgar no se limitó a escribir una crónica al uso, repleta de nombres y fechas vacías. Él volcó su mente matemática y su rigor científico para estructurar el pasado de la comarca, dotando a la investigación local de un método analítico que no existía antes de su llegada. Su magnífico estudio demográfico en La población de la Balálita demostró que la historia de un pueblo se explica a través de los movimientos de su gente y de la precisión de sus datos.
Esa misma lucidez, casi geométrica, le sirvió para descifrar el paisaje que nos rodea. Siempre recordaré con qué entusiasmo me explicaba su teoría sobre el castillo medieval de Almodóvar, levantado por los árabes en el siglo VIII. Frente a quienes no entendían por qué se construyó una fortaleza en el llano y no en las cumbres de la sierra, Edgar demostró que aquellos constructores priorizaron la supervivencia sobre la inexpugnabilidad táctica. Comprendieron que, en las secas jornadas de La Mancha, el control de la inmensa laguna de Almodóvar y su abrevadero era lo único que garantizaba la vida de las tropas y la victoria. Esta explicación, tan lógica y humana, cambió para siempre la manera en que los almodovareños miramos nuestras propias ruinas.
D. Federico, D. Tomas Gª de la Santa, D. Eduardo Agostini, D. Jose Parrado, D. Antonio Rioja, D. Eduardo Ortiz
El amor de Edgar por Almodóvar fue también una entrega física. Aquel archivo parroquial que salvó en la guerra y que hoy descansa en la casa natal de San Juan de Ávila, contenía los documentos que le permitieron narrar con detalle las glorias del templo de la Asunción, con su colosal techumbre mudéjar de una sola pieza, y rescatar del olvido la valentía de nuestros paisanos en el caluroso julio de 1873, cuando se levantaron en armas para defender el pueblo. Al plasmar estos episodios, Edgar no solo salvó la memoria de la villa, sino que nos devolvió el orgullo de nuestra propia identidad.
El rigor de la ciencia para identificar la Venta de la Inés
Su otra aportación, quizá más poética y duradera, y ruto de su incansable necesidad de investigar, fue la de trazar los itinerarios cervantinos por el Campo de Calatrava. Eran, sin duda, los momentos más felices de nuestra vida en Almodóvar, cuando mi amado Edgar abría sus viejos mapas sobre la mesa de madera y, con esa paciencia infinita y esa agudeza que solo un matemático posee, me iba guiando por los polvorientos caminos que anduvo Miguel de Cervantes. Dejadme que os relate, con sus propias palabras grabadas en mi memoria, cómo desentrañó el misterio de nuestra querida Venta de la Inés y cómo demostró que el Valle de Alcudia no es un escenario de fantasía, sino el mapa real de la literatura universal.
Venta del Alcayde o de la Ines
Para Edgar, la identificación de los parajes cervantinos no podía ser fruto de la intuición o de la mera leyenda local; requería de una precisión metodológica absoluta. En su obra de 1936, Itinerarios y parajes cervantinos, aplicó sus conocimientos de geometría y análisis espacial para trazar las rutas físicas de los personajes de Cervantes por nuestra comarca. El punto de partida de su investigación fue el célebre Reportorio de todos los caminos de España, publicado en 1546 por Pedro Juan Villuga. Edgar estudió minuciosamente el Itinerario 89, que describía la antigua ruta que unía Toledo con Córdoba. Analizando las distancias reales que los viajeros de la época recorrían a pie o a lomos de mula, Edgar comprobó que la travesía solía dividirse en jornadas muy precisas de unas ocho o nueve leguas al día.
Al salir de Toledo, y tras pasar Ciudad Real, los caminantes realizaban su tercera pernoctación en un punto estratégico antes de cruzar Sierra Morena. En el mapa de Villuga, ese lugar aparecía rotulado como "la venta del alcayde" (Venta del Alcalde), una parada fundamental donde los viajeros no solo pasaban la noche, sino que solían descansar un día entero antes de emprender la dura subida. Cruzando las distancias de estas etapas con la cartografía histórica de los términos de Almodóvar del Campo y la topografía real de la sierra, Edgar demostró matemáticamente que aquella histórica Venta del Alcalde era, exactamente, nuestra actual Venta de la Inés. Él nos recordaba siempre cómo este paraje, con sus cuevas de pinturas esquemáticas circundantes, custodiaba el paso del camino real, sirviendo de refugio real para los viajeros de los siglos de oro, entre los que se contó el propio Cervantes.
Los pasajes del Quijote y las Novelas Ejemplares en nuestro valle de Alcudia
Siempre que contemplábamos la inmensidad del Valle de Alcudia, Edgar se emocionaba al recordarme que esas dehesas y caminos públicos eran el escenario vivo de las letras universales. Cervantes conocía tan bien este término municipal debido a sus constantes viajes que llegó a inmortalizar el nombre de Almodóvar del Campo citándolo cuatro veces en Don Quijote de la Mancha.
Pero el Quijote no es la única obra que cobra vida en nuestras tierras; Edgar se encargó de rescatar la geografía real de otras obras maestras como Rinconete y Cortadillo, donde Edgar solía sonreír con picardía al contarme que la célebre escena donde "Rincón y Cortado" se sientan a jugar a los naipes ocurrió a las puertas de nuestro valle. Él identificó que la famosa Venta del Molinillo que describe la novela es, en realidad, la conocida Casa de la Divina Pastora. Nos explicaba con asombro cómo aquel antiguo cobertizo o portal de la venta donde los pilluelos jugaban a las cartas se transformó en el siglo XVII en un oratorio abovedado para que los miles de pastores trashumantes que venían a las dehesas del Valle de Alcudia pudieran escuchar misa.
Venta del Molinillo o de la divina Pastora
En La ilustre fregona, Edgar localizó de manera muy precisa las ruinas de la Venta Tejada, un paraje que Cervantes menciona expresamente en esta novela ejemplar. Siguiendo , el trazado del "Camino de la Plata" hacia las Minas del Horcajo, Edgar encontró los cimientos de esta venta. Aunque hoy solo queden piedras, nos maravillaba comprobar cómo la memoria de nuestros mayores aún asociaba ese lugar recóndito con el tránsito de viajeros y arrieros que transportaban el plomo argentífero de las minas.
Finalmente, en La Galatea, El amante liberal y La señora Cornelia, A través del análisis cartográfico, mi esposo demostró que todo este catálogo de novelas cervantinas responde a una geografía real y sumamente estructurada. Edgar trazó en sus mapas cómo las rutas de estos personajes cruzaban necesariamente dehesas y parajes entrañables de nuestro entorno, como la histórica Venta de Tartaneda (cerca de la estación de Veredas) o la evocadora Fuente del Alcornoque.
Al unir la ciencia exacta de las coordenadas con la belleza de las palabras, Edgar nos enseñó que el Valle de Alcudia no era simplemente un paraje natural hermoso, sino un libro abierto donde cada venta, cada arroyo y cada vereda son mudos testigos de las andanzas del hidalgo más famoso del mundo.
Despedida y glosa final
Aunque el dolor de su partida en marzo de 1971 dejó un vacío irreparable en mi corazón, reconforta mi alma recordar cómo el pueblo que él tanto amó supo rendirle en vida y tras su muerte el tributo y la gratitud que la justicia humana le había escatimado durante largos años de persecución y silencio.
El primer calor público de ese afecto desbordado lo sentimos en enero de 1966, en el paraninfo del Instituto Masculino "Maestro Juan de Ávila" de Ciudad Real, con motivo de su jubilación docente. Allí, ante claustros enteros, autoridades y una multitud de estudiantes que abarrotaba el salón, Edgar pronunció su última lección. Recuerdo la conmoción de sus alumnos, quienes le llamaban cariñosamente “el abuelo” y destacaban que, más allá de la exactitud de las matemáticas, la física o los idiomas, la lección más grande de su magisterio fue enseñarlos a pensar, a sentir y a ser hombres de bien. Colegas e historiadores del Instituto de Estudios Manchegos elogiaron su puntualidad impecable, su vasta cultura literaria y musical, y su pasión desinteresada por catalogar archivos y rescatar la historia regional.
Tras una vida de entrega e investigación constante, Edgar falleció en Madrid el 2 de marzo de 1971. Cumpliendo con su deseo y con su sentir de “manchego consorte”, trasladamos sus restos para que reposaran para siempre en el panteón familiar de Almodóvar del Campo, la tierra de la que nunca se había separado su espíritu.
Poco antes de su fallecimiento, el 17 de febrero de 1971, el Ayuntamiento de Almodóvar del Campo había acordado por unanimidad otorgarle el título de Hijo Adoptivo de la Ciudad. La entrega formal de esta distinción se organizó el 26 de septiembre de 1971 en una jornada multitudinaria y llena de emoción. Comenzamos con una ofrenda floral ante su tumba en el cementerio y una solemne función religiosa en la parroquia. A continuación, las autoridades y yo descubrimos las lápidas que retiraron el antiguo nombre de la calle del Molino para rebautizarla para siempre como la calle del "Catedrático Agostini".
En el salón capitular del Ayuntamiento, rodeados por los retratos de los hijos ilustres de la villa, recibí con profunda emoción el artístico pergamino que acreditaba su nombramiento como Hijo Adoptivo. El poeta local Carlos Baos Galán recitó en su honor el poema “Fue verdad tu camino...”, mientras que el catedrático Carlos Calatayud Gil glosó su hidalguía intelectual y su perfil cervantino. El broche de aquella jornada lo puso el alcalde accidental, don Germán Inza Villa, al señalar que la grandeza de Edgar no residía únicamente en la ingente labor de sus obras, su Historia de Almodóvar, La población de la Balálita o sus Itinerarios cervantinos, sino también en su elegancia e inteligencia para saber qué no debía escribir.
Hoy, al pasear por la calle que lleva su nombre, sé que la vida y la obra de Edgar Rubén Agostini y Banús han quedado incorporadas, por derecho propio, en las páginas más limpias de la historia de Almodóvar del Campo. Su camino fue verdad, y su legado perdurará como un testimonio eterno de su nobleza, ciencia y amor por esta tierra, quizás todas sus enseñanzas y manera de vivir se resume en esa frase que me dijo tantas veces, ”Pequeños somos; pero la endeblez de nuestra memoria nos hace mucho más pequeños todavía”.
Fotografía de Eduardo Agostini Banús
REFERENCIAS
Educación y depuración franquista en Canarias. El caso de Edgar Agostini Banús, director y profesor de Matemáticas del Instituto "Pérez Galdós". Autor: Olegario Negrín-Fajardo.
Última lección del catedrático señor Agostini Banús: Profesorado y estudiantes le tributaron un homenaje. Fecha: 23 de enero de 1966. Diario Lanza
Ha muerto don Edgar Agostini Banús. Fecha: 4 de marzo de 1971. Diario Lanza
Els Agostini, una família diferent. Diari de Tarragona. Autor: Josep-Lluís Carod-Rovira. Enlace web: Diari de Tarragona - Els Agostini, una família diferent.
El camino Toledo Córdoba. Las ventas del Repertorio de Villuga Autor: Jesús Sánchez Sánchez (febrero de 2004). Enlace web: Traianvs - El camino Toledo Córdoba.
Avatares históricos» (Ayuntamiento de Almodóvar del Campo). Enlace web: Ayto. Almodóvar del Campo - Avatares Históricos.
Diario el defensor. Almodovar del Campo 1922.
Historia de Almodóvar del Campo y Glosa de su antiguo archivo municipal. Eduardo Agostini Banús. Diputación de Ciudad Real. 1972
Reseña de un debate periodístico de tema cervantino o quijotesco. Edgar Agostini Banus. Cuadernos de Estudios Manchegos. XII, 1962.
Itinerarios y parajes cervantinos, Edgar Agostini y Ramón Gallego. Escuelas Gráficas de la Diputación provincial – Ciudad real. 1936
Cosa de Almodovar del Campo. Edgar Agostini. Imprenta de Viuda e Hijos de Luis Franco. 1923.
Estudio sobre la población de la Balalita hasta el surgimiento de la capitalidad de Almodovar del Campo. Edgar Agostini Banús. Talleres de las Escuelas Gráficas de Ciudad Real, 1935.
El castillo de Almodóvar del Campo. Como era y donde estaba» (Blog Aperos y objetos olvidados). Autor: Jacinto Ruiz Carmona (abril de 2016). Enlace web: Aperos - El castillo de Almodóvar del Campo.
El pueblo se defiende. La incursión carlista del año 1873» (Blog Aperos y objetos olvidados). Autor: Jacinto Ruiz Carmona (abril de 2019). Enlace web: Aperos - La incursión carlista del año 1873.
Cosas raras del Archivo Municipal. Autor: Eduardo Agostini. Fecha: 11 de septiembre de 1943. Diario Lanza
Ingreso del Dr. Agostini en el Instituto de Estudios Manchegos. Fecha: 24 de abril de 1958. Diario Lanza
Imágenes Vividas. Historia fotográfica de Almodóvar del Campo. Ayuntamiento e Almodóvar del Campo. 1995










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